lunes, 20 de julio de 2015

BORGES Y YO - JORGE LUIS BORGES


BORGES Y YO
JORGE LUIS BORGES
EN LA VOZ DE SU AUTOR




En las últimas décadas de su vida, Borges abrazaba con entusiasmo las abundantes oportunidades que tenía de entrevistarse en público. Se recreaba con la conversación. Era afable, juguetón e ingenioso. Alguna vez, al responder a una pregunta, afirmó que la belleza del universo es que éste sea un enigma irresoluble.

En «Borges y yo», el escritor nos brinda una perfecta página que insinúa un misterio. El resultado es todo un enigma literario. Al parecer, la voz que oímos es la de un hombre que con tono auténtico expone la relación central de su vida, el desdoblamiento de su ser. A partir del título, los lectores estamos frente a «Borges»—el «otro»—y «yo», el Borges narrador. Éste detalla su destino, su comportamiento y sus idiosincrasias, siempre en contraste con el comportamiento y las ideosincrasias del «otro», del «Borges» público. Introspectivo, el «yo» privado retrata al «otro» casi como adversario, a pesar de que niega calificar de hostil la relación que existe entre los dos.

Sus diferencias quedan claras, y el lector se satisface pensando que todo es lo que aparenta ser. La esencia de este hombre es doble: la imagen pública del escritor Borges refleja apenas su realidad interior.

Pero el carácter fantástico del ensayo reside en su última frase, cuando todo lo dicho se pone de cabeza. Los lectores nos hemos ideado un «yo» que habla en confianza de su relación con el ausente: el «otro», el que falsea, que magnifica y adopta poses afectadas de actor. De pronto se inyecta en el escenario una duda fatal. ¿Ha estado de veras ausente la mano del «Borges» escritor? ¿Hemos escuchado el testimonio auténtico del «yo», o es, más bien, este ensayo la creación falsa de un falseador?

He ahí el enigma, bello e irresoluble, que plantea Jorge Luis Borges en «Borges y yo».


Borges y yo. Jorge Luis Borges 
(Micro-cuento)

Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pase de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con el infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro. 
No sé cuál de los dos escribe esta página.


Conviene saber...

Conviene saber que, de la forma más sencilla e inesperada, en su última frase, esta narración introduce en nuestra conciencia la noción de que la voz del «yo» privado, a quien pensábamos escuchar desde el comienzo, a quien teníamos por tan cándido como reservado, ha sido, tal vez, la voz de un intruso, de uno encubierto hasta ese momento, y al que el lector suponía ausente: la voz del «otro». Tal vez aquí valga recordar que el narrador distingue a «Borges» como el que escribe. «Borges», dice el ensayo, es el que «trama su literatura». Por lo tanto, ¿sorprendería si resultara ser verdad la sospecha de que quien escribe esta página es «Borges» y no el «yo»? 

Estamos delante de un fenómeno literario que Jorge Luis Borges denominaba «magias parciales», es decir, la inclusión de elementos imposibles en la literatura, los cuales no permiten una resolución racional y obligan a una permanente incertidumbre. En otro ensayo, Borges examina las magias parciales incluidas por Cervantes en el Quijote, logrando con ellas la irrealidad. Esta técnica cabe dentro del concepto de la «metaliteratura», o sea, la literatura cuyo tema es la literatura misma. 

Conviene saber que se puede trazar la línea narrativa aquí de dos maneras. Si eliminamos por un momento la irremediable incertidumbre de la última frase—incertidumbre basada en la afirmación del narrador de que él mismo no sabe quién escribe esta página—, la voz es la voz de «Borges», enmascarada como la voz del «yo» (y creada, desde luego, por el autor Borges); también puede ser la voz del «yo» (creada a su vez por el autor). Pero si esto es cierto, ¿por qué expresaría el «yo» la duda encerrada en la última frase? 

Si vamos a creer en el primero de los dos casos, «Borges y yo» no viene a ser más que otra pose del «otro», del Borges de las afectaciones. 

No nos resuelve el misterio el autor, y ante lo que Borges alguna vez llamó la «inminencia de una revelación que no se produce», el lector siente la especie de vértigo, o «pululación», que tantas veces forma parte de los desenlaces de los cuentos de Jorge Luis Borges. 

Conviene saber que es difícil fijar con absoluta seguridad dónde un atributo determinado deja de corresponder exclusivamente al «yo» para aplicarse al «otro», o bien, cuál característica debemos atribuir únicamente al «otro». Sería interesante una discusión en clase sobre este hecho como posible causa de que el «yo» dude en la última frase sobre la autoría del ensayo. 

Conviene saber que «Borges y yo» es una meditación sobre el tema de la dualidad del ser. Si un solo hombre es dos hombres—aquí, el «Borges» público y el «Borges» íntimo—, esa pluralidad tiene implicaciones que llevan al panteísmo que, por causas estéticas, tanto atraía a Borges. El panteísmo es una filosofía que parte del principio de que una sola esencia universal unifica todo lo existente; el cosmos, la naturaleza, y Dios, todos son uno. De hecho, «panteísmo» es un vocablo cuyas raíces sugieren que «todo es Dios». Si el ser humano no es una unidad entre muchas unidades, dentro de un universo plural, y si los seres podemos desdoblarnos y ser dos, ello nos distancia del concepto de la individualidad, y nos acerca al concepto filosófico de que «todos los hombres son un solo hombre». Dicho de otro modo, nos plantea un proceso en el que el individuo se disuelve en todos los individuos, y en el que todos se disuelven en uno solo. 

Conviene saber, sin embargo, que estudiosos de la vida y obra de Borges afirman que el autor veía en la filosofía tan sólo otra rama más de la literatura fantástica. Así, para su arte, le servían las filosofías como el panteísmo, como pretexto para tramar sus argumentos. Lo que afanaba Borges era trasmitir tanto la angustia de la humanidad como la serenidad que brinda su capacidad inventiva. 

Borges estaba convencido de que el universo y todo lo existente tienen designios inaprehensibles por la razón humana, e inexpresables por la palabra. Sus reflexiones se concentran en la pobreza de la mente humana para explicarlo y el destino del hombre dentro de él. En uno solo de los cuentos borgianos, «La escritura del dios», logra entender su protagonista, Tzinacán, los ardientes designios del universo sin fin. Fruto de un indecible sufrimiento, la experiencia le da la clave, y lo lleva a exclamar: –¡Oh, dicha de entender, mayor que la de imaginar o la de sentir! Acto continuo, sabe que nunca dirá esa clave, porque ya no le importa su «yo». No le importa la persona que antes fue. 

Conviene saber que, con respecto al tema de la creación literaria, la literatura que goza de una acogida por los pueblos deja de pertenecer a su autor y pasa a ser del lenguaje o la tradición. Borges escribió en otro cuento suyo que, de alguna manera, toda persona que lee un verso de William Shakespeare, es William Shakespeare. En otro, afirma que cada nueva lectura de un escrito equivale a un nuevo acto de escribir, pues nosotros los lectores somos los generadores de nuevos significados. Por otra parte, Carlos Fuentes, quien encontró gran inspiración en la obra de Borges, comentó que no había querido conocer a Borges ni verle una foto, pues le parecía que la obra en sí era Borges. 

Borges parece sugerir que son dos operaciones distintas el encontrar la inspiración literaria—función propia del «yo»—y el escribir literatura—función propia de «Borges». ¿Qué distinción verá la clase entre estos dos actos? ¿Por qué le toca escribir al «Borges» público? Al contrario, ¿por qué le toca al «yo» buscar la inspiración artística? Según los estudiantes, ¿cuál habrá sido la inspiración del ensayo «Borges y yo»? 

El narrador—el «Borges» privado—afirma que, a su parecer, las páginas válidas que ha logrado «Borges» no lo pueden salvar; él, «hombre de carne y hueso» (término de Miguel de Unamuno), está destinado a perderse. ¿Por qué escriben los autores? ¿Buscan una especie de salvación con sus escritos? Compárense las ideas de la clase, respecto a este ensayo, con lo que afirma al respecto Lázaro de Tormes en su «Prólogo» del Lazarillo.


Vocabulario

acaso—quizás.
arrabal (m.)—barrio en las afueras de una ciudad.
ceder—entregar.
compartir—tener también.
constarle a uno—no escapársele a uno; saber o conocer.
demorarse—tardar.
etimología—historia del origen y evolución de las
palabras.
fuga—huida; escapatoria.
reloj de arena—aparato para medir el tiempo mediante
una determinada cantidad de arena.
tramar—idear, planear, componer; construir.
ventura—suerte.
zaguán (m.)—entrada en una casa estilo español;
espacio cubierto situado entre la puerta de la calle y
la puerta cancel. 


Bibliografía

Alazraki, Jaime. La prosa narrativa de Jorge Luis
Borges. (1971)
Barrenechea, Ana María. La expresión de la
irrealidad en la obra de Borges. (1967)
Bell-Villada, Gene H. Borges and His Fiction: A
Guide to His Mind and Art (A Revised Edition).
(1999)
Borges, Jorge Luis. «Autobiographical Essay». In
«The Aleph» and Other Stories 1933-1969.
(1970)
Borges, Jorge Luis. Siete noches. (1980)
Canto, Estela. Borges a contraluz. (1989)
di Giovanni, Norman Thomas, Daniel Halpern, and
Frank MacShane, Eds. Borges on Writing.
(1973)
Jurado, Alicia. Genio y figura de Jorge Luis Borges.
(1964)
Merrill, Floyd. Unthinking Thinking: Jorge Luis
Borges, Mathematics, and the New Physics.
(1991)
Rodríguez Monegal, Emir. Borges. Una biografía
literaria. (1987)
Vázquez, María Esther. Borges. Esplendor y derrota.
(1996)

Abriendo puertas


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